11 de febrero de 2015

Sociedad

Sociedad. "¡No va más!": aquí la nota de tapa del semanario papel

Cualquier excusa viene bien El jugador siempre tiene una excusa. Nunca dirá la verdad sobre lo que perdió y siempre tendrá a flor de labios un relato que le permita disimular, haciendo parecer que, ese día, la diosa fortuna no estuvo de su lado. En la desesperación, hay algunos que siempre encuentran un culpable. “Se paró cerca tal o cual y me mufó” dirán a viva voz, para buscar justificar lo injustificable, intentando transferir culpas cuando en realidad el único responsable de la realidad que le toca vivir lo mira desde el espejo del baño del casino. Un hombre joven -conocido en el ambiente del microcentro tandilense- se hizo una escapada al casino a pesar de haber firmado oportunamente el registro de autoexclusión. Como en la puerta le vedaron el acceso pidió al responsable de seguridad que reviera la medida y lo dejara entrar. Ante la negativa, un amigo intentó interceder y la respuesta que recibió lo dejó helado: “¿Sabés que pasa flaco? Yo lo dejo entrar, pero cuando pierde empieza a gritar y hacer escándalo echándome la culpa por haberlo dejado entrar, me dice que la culpa la tengo yo y arma lío en la puerta”. Nuestro interlocutor es un hombre vinculado al sistema de seguridad del casino. Tiene decenas de historias así. Un reconocido locutor de la ciudad que concurre con religiosa puntualidad a la sala de juegos, no hace mucho fue invitado a retirarse, porque “pateaba las máquinas y gritaba como poseído que no pagaban, al parecer había perdido la jubilación”. Las historias que cuenta nuestra fuente son tragicómicas, pero se cuida muy bien de no dar detalles sobre las más escabrosas, que tienen como protagonistas a jugadores que lo han perdido todo, literalmente. Los empleados del casino creen que si se mueve mucho el avispero sobre lo nocivo de la adicción al juego atentará contra su fuente laboral. Entonces, es poco probable que dejen traslucir lo que nos confió un taxista sobre esa pasajera que transporta de casa al casino y del casino a casa, con la que entabló una relación de confianza. "La vedad es que no puedo hacer nada pero me da mucha pena, hace cuatro años que la traigo y cuando empezamos a venir tenía 23 departamentos, ahora vive en una casa que alquila, la desplumó el casino y sigue viniendo”. ¿Veintitrés propiedades entregadas al azaroso designio de la ruleta? Parece demasiado para creerlo si lo analizamos objetivamente. Pero no hay que perder de vista que el adicto al juego no es una persona que controla su vida, no piensa en términos racionales. Un histórico empleado del bar, que llegó a ser encargado de la barra, no se sorprende cuando le contamos el caso que nos relató el taxista. Es que conoce varias historias así, como la del matrimonio que perdió 56 propiedades. "Deben tener alrededor de 60 años, llegaron a una posición económica muy acomodada y les agarró el vicio de grandes a los dos juntos, reventaron todo lo que tenían". Y si el jugador se queda sin efectivo no hay por qué alarmarse. Si bien no se permitió instalar un cajero automático en la casa de juegos, en el lugar hay prestamistas dispuestos a ir en socorro de quienes se quedan sin efectivo, a un módico 20 por ciento de interés diario. La contracara de los desesperados son los jugadores adinerados que en una noche "queman" una pequeña fortuna. "A veces baja el tano con una valija y te cambia cien mil pesos en fichas, como si nada, o Martín aparece con plata fuerte para apostar; también viene gente de afuera porque no te olvides que este casino es un punto de atracción zonal", explica un trabajador histórico del casino. La diferencia entre el muchacho grande que heredó propiedades y negocios de sus padres, el empresario que se hizo de abajo y por la banquina y el locutor que pateaba enojado el tragamonedas es el monto que ofrendan en el altar del juego. Porque al final de la noche la casa siempre gana. Lo dice la sabiduría popular: "De enero a enero, la ganancia es del banquero".   "Hacía sonar la alarma del negocio para escaparme al casino" La ludopatía puede equipararse al alcoholismo o a la adicción a las drogas; la excitación, la adrenalina, el olor de la sala de juegos, el temblor, el corazón que salta del pecho, son los signos de una fuerza muy difícil de contrarrestar, que no se parece en nada al placer y tiene una tensión incomparable que toca el cuerpo. Otras semejanzas se encuentran en que el jugador, como el adicto en general, pierde dinero (seguramente bastante más que en otras adicciones), la confianza de los otros, los amigos, la familia, la valoración de sí mismo y el sentido de las cosas; pierde la orientación de su deseo. Los indicadores que revelan que una persona sufre adicción al juego no siempre son claros ni es sencillo llegar a esa conclusión. La ausencia de una sustancia tóxica que sirva de guía para la sospecha de que algo extraño está pasando retarda muchas veces la detección por parte de la familia, pero también suele ocurrir -como en otras adicciones- que el núcleo íntimo del ludópata se resiste a creer lo que es obvio. En general esas señales están ligadas a cambios notorios en el estado de ánimo de la persona, está muy deprimido, desesperanzado, y de repente se vuelve eufórico, exaltado y hasta agresivo. En muchas ocasiones la persona le cuenta a un familiar que está yendo a jugar, pero esto es minimizado luego por el mismo jugador y muchas veces por el familiar confidente. Algunas historias de adictos al juego son conocidas en el ambiente del casino, pero fuera de ese mundo pocos saben que su vecino, un hombre común, esposo, padre de familia, que los fines de semana lava el auto y corta el pasto, es presa de una afiebrada pulsión que no logra superar y que amenaza el patrimonio de su familia. El entrevistado pide, por obvias razones, que no se publique su nombre. Como es bastante conocido en la sociedad media tandilense, pide que se omita también su apodo. "Los chicos están grandes, sinceramente, me daría vergüenza si se enteraran", confiesa. -¿Por dónde empezamos? -Por donde quieras. Para mí las cosas hay que tomarlas del principio, de aquellos días en que ir al casino era un paseo.   -¿Y después? -Siguió siendo un divertimento hasta que estalló todo. Empecé a volverme loco por estar y llegué a hacer muchas boludeces que con el tiempo decís ¿esto me pasó a mí?   -¿Que le pasó? -De todo… bah no se si no fui yo quien hizo que me pasara de todo. Al principio era ir a entretenerse, a mirar un show, jugar poco, tomar algo y volver a casa.   -¿Después? -Nunca me puse a pensar qué sucedió, pero creo que es como si te fuera envolviendo. Te autoconvencés que es fácil ganarle… que te vas a llenar de guita y poco a poco te vas enterrando. Al principio no te das cuenta porque tenés algún ahorro o todavía no te quedaste sin guita.   -El paso del tiempo es terrible… -A medida que el casino te lleva plata vos te aferrás a que vas a recuperarla o ni siquiera eso, querés revancha y empezás a buscar guita por todos lados, mentís, engañás y hacés lo que sea necesario para conseguir el dinero para ir a jugar.   -¿Los que están cerca, no ayudan? -No saben. La gente que está cerca es la última en darse cuenta porque uno está continuamente pensando en conseguir plata y en mentir para ir a jugar. No querés que se enteren. Es como el ladrón que prepara su robo.   ¿Llegó a robar? -Tan lejos nunca… Creo que jamás lo hubiera hecho.   -¿Cómo conseguía la plata? -Hacés de todo. Empezás a pedir prestado a amigos. Después vienen los adelantos en el trabajo; después los prestamistas, más tarde no pagás los servicios de tu casa y a tu mujer le decís que lo hiciste. Pedís cheques prestados a días con interés alto.   -Se hace una bola de nieve imparable ¿no? -Al final sí. Pero no lo hacés todo en un día ni una semana, pasa mucho tiempo, pero al final te encontrás metido en un quilombo impresionante. En un momento descuidas trabajo y familia porque estás metido todo el tiempo en conseguir para pagar e ir a jugar.   -¿Pero los prestamistas lo aguantaban? -Es que la plata la conseguís de alguna manera, porque te va la vida en eso. Yo llegué a tener cuatro meses de sueldo adelantado, he vendido herramientas de trabajo. No pagar la luz y que la corten me pasó varias veces, igual que el gas.   -¿Y en su casa no le decían nada? -Ponía como excusa que me había olvidado de pagar las facturas, al principio cualquier excusa funcionaba, después se empezaba a complicar porque tenía que elaborar cada vez más las mentiras.   -¿Y para ir a jugar ponía excusas o decía la verdad? -Al principio decía que iba, inventaba historias, decía que ganaba, pero después se complicó todo y entonces ponía excusas o iba al Casino a la tarde, en horarios que no se dieran cuenta.  Lo que sucede es que cuando vas a la tarde, a la noche también te dan ganas y te ponés como loco.   -¿Y cómo hacía para aguantar la abstinencia? -Es desesperante. Yo me volvía loco, me daba vuelta en la cama y pensaba. Al otro día encontraba alguna salida o dejaba programada la alarma del negocio para que sonara y con esa escusa salía de casa a la madrugada y me rajaba para el casino. Lo que pasa es que tu mujer empieza a sospechar que andás en algo raro.   -¿Llegó a estar muy complicado económicamente? -Sí, porque con el tiempo uno se entierra. No hay escapatoria, no quedan cosas para vender y pagar a los prestamistas, no podés levantar los cheques que te prestaron y el negocio lo descuidé y no tenía de dónde sacar plata.   -¿Cómo salió? -Mi familia, mi mujer y mi madre fueron fundamentales. Menos mal que los chicos eran muy chicos y no tenía idea ni nunca se dieron cuenta. Tuve ayuda psicológica.   -Su familia se hizo cargo de todo -A ver… Mi familia me dio los sacudones necesarios para despertar. Mi mujer me dijo que se iba y se llevaba los chicos y eso fue terrible. Me hablaron de una manera cruda y eso me hizo entender.   -¿Eso fue todo, así de fácil se curó? -No, eso fue el principio, lo que me hizo comprender que necesitaba ayuda, que estaba enfermo. Después había que seguir terapia un tiempo más e ir al Casino a firmar que no me dejaran entrar. Eso fue lo que me pidieron en mi casa para ayudarme, porque tenían miedo a que volviera a jugar.   -¿Hoy está recuperado? -Yo diría que sí. Pero no fue fácil, estuve mucho tiempo sin tener plata en el bolsillo ni para tomar un café. Es como el alcohólico que no puede estar cerca de la bebida, yo no podía andar con dinero. Tuve que hacerme cargo de las deudas y empezar en otro trabajo.   -¿Cómo hizo con las impagas? -Tuve que hablar con los acreedores y empecé a pagar como pude hasta saldar todas las deudas. Mi mujer me acompañó a muchos lados o fue directamente ella. Se empezó a dar cuenta de las mentiras que había dicho.   -¿Fueron muchas mentiras? -Imaginate que una vez fue a mi trabajo a pedir que me pagaran algo de lo que me debían porque en casa hacía falta plata y se enteró de que no me debían nada sino que me habían pagado cuatro meses de adelanto. Una fiera mi mujer, una santa.   -¿Le dan ganas de ir al Casino? -No. Mire que he llevado amigos hasta la puerta, les digo qué jugar y me voy, pero no siento ganas de entrar. Creo que lo superé.   -¿Lo superó realmente? -Entiendo que si, puedo decir que el juego no me llama la atención. Además, no quiero volver a pasar por eso, fue terrible. No se lo recomiendo a nadie.   Carne de diván Además de las transferencias al Estado de una parte de los ingresos por juegos de azar, también existe –desde fines de 2005- un programa para prevenir y tratar a los adictos al juego, especie de “daño colateral” que el sistema ayuda a generar con sus incentivos a una actividad que no puede existir de manera rentable sin jugadores que dejen voluntariamente parte de sus ingresos a cambio de la incierta promesa de una improbable ganancia. En Tandil este organismo funciona en Arana 915 y está a cargo del médico psiquiatra Martín Modaffari. El número de contacto es 443-1836. -Siempre hubo gente que dilapidó sus bienes en juegos de azar, pero hablar sobre ludopatía es relativamente nuevo, incluso el Estado empezó a preocuparse por el tema en la última década. -El programa provincial se gestó luego del embate judicial de un individuo que acusó al Estado por el perjuicio que le ocasionaron los juegos de azar. A partir de ahí, el médico psiquiatra José Contartese se encargó de amar el programa de prevención y asistencia en el Instituto Provincial de Loterías y Casinos (IPLyC). En principio yo no estaba muy de acuerdo con que el Estado diera una respuesta automática porque tengo otra concepción, creo que el individuo es responsable de todo lo que hace, aún sicótico, es responsable. Pero me gustó el desafío y participé en el armado de los equipos, porque se imbricaron el Ministerio de Salud con el marco legal, IPLyC con los sueldos y las empresas privadas como Boldt colaboraron en lo edilicio. Entonces pasamos de una querella al Estado con un sistema de respuesta, de prevención.   -¿Qué es un ludópata? -Es un sujeto como cualquiera de nosotros que, igual que nosotros, tiene pulsiones, que van con el goce, y ese goce no es placentero sino autodestructivo. Mientras que a un adicto a drogas el goce lo lleva a la autodestrucción, al ludópata el goce lo lleva a endeudarse, a gastarlo todo, el ludópata no juega para ganarle al casino.   -¿Usted dice que el ludópata sabe que no le puede ganar al casino? -Obvio. Cualquiera se da cuenta de que al casino no se le gana. Lo que él no sabe es que, inconscientemente, lo que ama es endeudarse, la deuda, ese es su goce.   -¿Cuál es la línea que los divide de otras personas que también juegan asiduamente? -Ludópatas son el uno y medio por ciento de los jugadores. Aclaremos que tener un goce no está para nada mal, hay sujetos a los que les hace muy bien. Hay muchas mujeres de edad que van y se divierten, se alivian al jugar y no es ningún problema. Hay goces que no hay que tocarlos porque hacen bien, como una peña, jugar al fútbol, ir a comer asados o quedarse a veces en Internet hasta las 3 de la mañana. El tema es cuando el goce se vuelve autodestructivo.   -Hay gente que se autoexcluye, firma para que les veden el acceso, pero después pelean si no los dejan entrar. -El sujeto se hace trampa, todos mentimos y nos hacemos trampa...   -¿Como el que hace dieta y se levanta a comer de madrugada para que no lo vean? -Claro. Entonces hay que ver cuántos verdaderamente se implican y están dispuestos a hablar del problema para encontrar la angustia y el alivio. Si no, se escudan en que los dejan entrar y por eso pierden, que la culpa es del casino, de la maquinita o el Estado, es decir, que la culpa la tiene otro.   -¿Sirve la autoexclusión? -En algunos casos sí. Algunos pacientes han llegado al centro por medio de la autoexclusión, que es una herramienta fundamental porque le impone una ley al sujeto, que tiene que venir con un testigo, firmar y se carga su foto en todos los registros de casinos de la provincia, por más que luego vaya al casino él sabe que está infringiendo una ley. Algunos se han detenido y otros se han estabilizado por períodos muy prolongados con la autoexclusión.   -Al ser tan nueva esta dinámica imagino que los métodos se van puliendo con el tiempo. -Vamos evolucionando. Antes alguien podía darle a un ludópata cierta medicación, dejarlo en internación domiciliaria o en una institución, suponer que no iba a jugar y que iba a tolerar la abstinencia. Eso lo intentamos y llevamos a lo peor, a más impulsión por el juego, a pacientes que llegaron al borde. Por eso hace tres años giramos 180 grados y optamos por pequeños grupos terapéuticos dirigidos por la licenciada Norma Siccardi. Esa es la lógica actual de tratamiento en nuestro centro, cuando viene alguien a firmar la autoexclusión se le ofrece participar, no se lo obliga. También hay casos en que está en juego el patrimonio, o tienen muchas deudas y hay riesgos de cobranza, entonces intervino un abogado o la justicia y hemos tenido efectos clínicos notables, porque se les reordena simbólicamente la ley.   -¿Qué encuentran al indagar en los casos de ludopatía? -Hemos encontrado que hay deudas como duelos, como rechazos de la infancia, como problemas sexuales, como problemas depresivos desde la niñez, o abusos sexuales. Hemos encontrado historias donde mujeres han narrado no sentirse amadas por su padre. El último paciente que vi se trata hace dos años, me dijo que no sabía cómo había entrado. Empecé a indagarlo y orientar la entrevista y recordó que empezó a ir al casino dos meses después de la muerte de su madre y empezó a jugar sin poder parar, le hice notar que, según me había contado, tenía cinco pérdidas graves, duelos no resueltos en instancias críticas de su vida. Y contó que él sentía que no había podido darle a la madre todo lo que hubiera querido. Entonces, finalmente apareció el origen del problema y pudimos orientarlo en la recuperación.   -¿Le ha tocado algún caso de esos en que pierden casas, campos, grandes patrimonios? -En su mayoría tratamos gente humilde, trabajadora, pero también hemos asistido a personas de mucho poder adquisitivo, acaudaladas y de alto nivel intelectual. En el fondo siempre tienen en común algunas de las cuestiones que originan la adicción al juego. De todas maneras, el sujeto de esta hora globalizada es cada vez más difícil de tratar porque va directo al goce del consumo, al impulso de la instantaneidad. Es un hombre que ante la angustia prefiere no saber nada, y paradójicamente la angustia siempre vehiculiza a algo mejor pero como hace sufrir, el hombre nuevo no quiere saber nada con eso.   -¿Recuerda al primer paciente del centro? -Dejó su marca. Es un hombre de trabajo que fue líder de los grupos terapéuticos porque se lo ganó, con mil andanzas de jugador, porque el jugador es además un personaje y hay que ser muy prudente, conoce los ambientes, el clima, cuándo ir y cuándo no, la cultura del juego, la trama. El personaje vive esa novela. Bueno, este primer paciente era un trabajador muy fuerte de toda la vida que dio todo por sus hijos y su familia. Fue uno de los pacientes más difíciles porque estaba muy compulsivo, jugaba lo que no tenía.   -¿Logró encontrar una salida? -Está de alta. Sigue jugando, pero se controla bien.   -¿Y cómo se recuperó? -Resulta que en una de las entrevistas terapéuticas él solo anudó algo de su historia de vida, contó que cuando era chico y le pedía dinero a su madre para salir, sentía que ella le retaceaba, que no le daba todo lo que tenía y él sabía dónde lo tenía guardado, en una lata que tenía muchas monedas y billetes. Él recordaba el sonido de la lata con monedas y contó que en ese entonces fantaseaba con cuánto dinero habría. Él sólo lo asoció, me dijo: "Esto debe ser, esto es lo que me cagó a mí y me llevó al juego". Ahí interrumpí la entrevista. Luego vino y me dijo "yo ya estoy bien" y lo autoricé a que siguiera con el personaje; anda en el ambiente y juega pero lo hace acotadamente, trabaja como lo hizo siempre y ya no está ansioso, desbordado, mal con su familia, tiene los problemas que tenemos todos los mortales. Es el hombre de siempre. Un trabajador que a veces juega, listo, trabajo terminado.   -Habrá fracasos también. -Y sí. Hay gente que se suicida. Pero en el fondo es gente que no se implica en nada que quiere hacerle creer a la familia y los demás que se mata para extinguir la deuda y que ellos no tengan problemas. Tratan de hacerlo aparecer como un suicidio altruista pero en el fondo es gente que no se compromete nunca con nada y hace una puesta en escena, se mata por no hacerse responsable de su exceso. Hay otros ludópatas que roban o matan para sostener el goce.   -¿Cómo en el caso de Martín Agostini, el asesino del matrimonio Bravata? -Así es, en ese caso se cobró la vida de sus acreedores. Agostini no se implicó en nada del goce ni de su exceso. Se quedó sin deuda con una acción perversa. Estaba muy enfermo por el juego, era un ludópata que se había desencadenado en el último tiempo.   -¿Qué rol cumple la familia o amigos de los ludópatas? -Siempre ha co-adictos, siempre. Y los ludópatas no llegan a esa instancia en secreto ni de un día para otro, es un proceso largo en el que muchos vieron algo fuera de lo normal pero nunca nadie se implicó.  
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